Todavía no termino de mudarme

Mi madre me alumbró en su tierra natal, en el sur serrano de Ancash, casi en el límite con Lima. No cumplí el año y nos mudamos a la ceja de selva de Huancavelica, muy muy cerca del Mantaro, río que alimenta al Marañón, que alimenta al Amazonas, que alimenta la vida todavía verde de nuestro planeta.

Mi infancia fue la de muchos, ¡todo grande, brillante, encantador!

Antes de cumplir los diez años, una patada de quien en vida fue el expresidente Alan García, como la que le dio a un compañero allá por el 2004, nos sacó de un golpe hasta depositarnos en el ahora cono norte de Lima, por lo que tuve que ir a diario en bus, literalmente aplastada durante una hora, hasta el populoso barrio de La Victoria para cursar el sexto grado de primaria; pero esa es otra historia.

A poco de iniciar el primero de secundaria, cuando empezaba a descubrir lo maravilloso de la historia universal, en el colegio «Isabel La Católica» de la rica Vicki, mi Padre, que hizo su propio descubrimiento en el extremo del mundo, de “mi mundo”, nos mandó llamar y tuvimos que partir hacia un pueblo remoto, desconocido hasta entonces, a muchos, muchísimos kilómetros de distancia; a torturantes ¡dieciocho horas de viaje!

El árido desierto, el calor sofocante, el olor a baño, las curvas ondulantes, el ronquido sordo del motor cansado…

– ¿a qué hora llegamos? –  alguien al conductor.

– Nos instalaremos en Moquegua por un par de años nomás – dijo mi padre.

Suelo tomar un vuelo a Tacna, de ahí al paradero “mosca” y enrumbo a Moquegua.

Las pocas veces que viajo en bus, aún despierto, y a quién esté a mi lado (incluso si no hay alguien) pregunto, – ¿Ya llegamos? – Y a poco de preguntar, unos cuantos arbustos empolvados, tímidos, van anunciando que estamos cerca… el cielo brillante, ¡azul celeste! ¡celeste celestial!, una parada obligada en el control de transporte de alimentos, un valle verde alegre ¡ahora sí! y el puente Montalvo… no necesitan anunciar que estamos en Moquegua.

Regreso siempre por algo, y en lugar de llevar, dejo… ¡es un eterno trueque!

Llevo algo de los viejos y nuevos amigos ¡cómo no! sus sonrisas, sus palabras, “su dejo”, algún gesto, una que otra opinión, y las recomendaciones que nunca pesan. ¡Dejo parte de mí! Así tengo motivos para volver…

Pesan los tropiezos, los exabruptos, los rencores, alguno que otro gesto absurdo, pesan; trato de no cargarlos; si alguno se acomoda en algún rincón de la maleta, lo bajo en la primera estación antes de llegar a casa.

MG